Pedro I de Castilla murió en 1369, en uno de los episodios más dramáticos de la historia de la España medieval: asesinado en la tienda de un campamento militar por su propio hermano, Enrique, que se alzó así con el trono de Castilla al término de una cruenta guerra civil. Pero Enrique de Trastámara no sólo acabó con la vida de su rival; también lo condenó ante la historia. Para justificar la muerte violenta del rey, se dijo que don Pedro había sido un tirano y se ordenó escribir una crónica en la que aparece como un personaje vengativo, avaricioso y hasta paranoico. Así nació la imagen de Pedro «el Cruel». Quienes, por el contrario, piensan que el autor de la crónica mintió o manipuló la verdad, que don Pedro defendió a los débiles y castigó a los nobles y que fue un buen monarca traicionado por los suyos, se refieren a este soberano como «el Justiciero».
Pedro I subió al trono en 1350, con tan sólo 15 años, después de que su padre Alfonso XI muriese en el cerco de Algeciras debido a la Peste Negra. Al principio mostró poco interés por la política y prefería salir al campo para cazar con sus halcones. Permitió así que un aristócrata de origen portugués, Juan Alfonso de Alburquerque, se hiciera con el control del reino. Alburquerque combatió y ejecutó a gran parte de sus enemigos, utilizando al rey como una marioneta que firmaba las sentencias.
Con todo, la principal amenaza para don Pedro eran sus hermanos bastardos, los hijos de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán, siete en total; el primogénito era Enrique, conde de Trastámara y un año mayor que don Pedro. En vida de su padre habían gozado de grandes privilegios en la corte, pero tras la muerte de aquél cambió su situación. Leonor de Guzmán, víctima de los celos de la reina viuda, María de Portugal, fue apresada y asesinada. Enrique de Trastámara se convirtió en enemigo abierto del monarca, y desde sus posesiones en Asturias encabezaba rebeliones constantes. En el verano de 1352, don Pedro hubo de marchar al norte para combatir un levantamiento de su hermano, pero en el camino se enamoró de una doncella llamada María de Padilla, a la que hizo su amante.
LAS BODAS DE VALLADOLID
Alburquerque había prometido al rey con una sobrina del rey de Francia, Blanca de Borbón, que llegó a Castilla en febrero de 1353, poco antes de que naciese la primera de las hijas de don Pedro y María de Padilla. El matrimonio se celebró en Valladolid, pero pasados algunos días don Pedro salió de la villa para reunirse con su amante. Nunca más volvió a ver a doña Blanca.
En los meses anteriores al enlace, el monarca había comenzado a cambiar de actitud respecto a su madre, a Alburquerque y, en general, a todos aquellos que lo habían controlado. Sus nuevos amigos y consejeros eran los parientes de María de Padilla; especialmente el tío de ésta, Juan Fernández de Henestrosa. Los nobles, furiosos por sentirse apartados del rey, se rebelaron y exigieron al monarca que se alejase de sus nuevos privados y que regresase con su esposa para dar a Castilla un heredero legítimo.
Tratando de acallar estas protestas, el rey se casó con una noble llamada Juana de Castro, después de que algunos clérigos anularan su anterior matrimonio; pero también la abandonó al día siguiente de la boda, al descubrir las intrigas de los hermanos de su nueva esposa. Alburquerque, por su parte, se alió con los hermanos bastardos del monarca, pero murió pronto, se dijo que envenenado; durante su agonía hizo prometer a sus aliados que su cadáver les acompañaría hasta haber reducido a don Pedro. Tras varios meses de tensiones y enfrentamientos, el rey fue retenido en Toro, acusado de no saber gobernar, y el ataúd de Alburquerque fue sepultado. El monarca empleó su astucia para dividir a sus captores y consiguió escapar, pero la afrenta se le quedó grabada en la memoria.
En 1356, el rey se encontraba en Sanlúcar de Barrameda cuando apareció ante sus ojos un barco aragonés que se dirigía a Francia y que atacó a unos navíos de Piacenza atracados allí. Don Pedro persiguió al barco pero, viendo que no podía atraparlo, regresó e hizo apresar a todos los comerciantes catalanes residentes en Sevilla y confiscar sus bienes. Como el rey Pedro IV de Aragón se negó a disculparse por el ataque, le declaró la guerra.